Cómo aburrir al personal

diciembre 3, 2010


Si tu presentación me aburre, no te prestaré más de 10 minutos de atención

junio 30, 2010

Cuando yo era niño y pasaba los veranos en la playa, me encantaba pescar quisquillas cercadas en las pequeñas pozas que dejaba entre las rocas la marea al bajar. ¿Alguna vez has intentado atrapar con tus manos un pez?

La atención de la audiencia es como un pez escurridizo: difícil de pescar y más difícil aún de retener. Normalmente, al cabo de 10 minutos la gente habrá dejado de prestarte atención durante una presentación. Por eso es tan importante que descubras la forma de captar y mantener la atención de la audiencia más allá de los 10 primeros minutos, hasta el final de tu presentación. En esta entrada repaso algunos de los consejos que nos brinda el biólogo molecular John Medina en su más que recomendable obra divulgativa sobre el funcionamiento de nuestro cerebro: “Brain Rules”.

1) Las emociones captan nuestra atención

Los eventos que despiertan emociones (ECS o Emotionally Charged Event) tienden a recordarse mejor que los neutrales. La publicidad lo sabe desde antiguo y lo hemos visto poner en práctica en innumerables anuncios. Apelan a tres características de nuestro cerebro profundamente enraizadas: la detección de oportunidades reproductivas (es decir, estímulos sexuales), la percepción de una amenaza para la supervivencia y el ajuste de patrones (la búsqueda de semejanzas en nuestro entorno con algo que ya conocemos). Usar las tres garantiza la máxima atención.

2) El significado antes que los detalles

El cerebro recuerda los componentes emocionales de una experiencia mejor que cualquier otro aspecto. El despertar de las emociones concentra nuestra atención en la quintaesencia (gist) de una experiencia a costa de sus detalles periféricos. En definitiva, recordamos ideas generales, no detalles. Por consiguiente, empieza con las ideas clave y, de forma jerárquica, de más general a menos, vete proporcionando los detalles alrededor de esas nociones más fundamentales. Dicho gráficamente: comienza siempre con la gran foto y vete haciendo zoom hacia el detalle que deseas resaltar.

3) El cerebro necesita una pausa para el kit-kat

Posiblemente uno de los mayores errores de comunicación reside en la sobrecarga de información: demasiados datos e ideas en tan poco tiempo que no pueden procesarse debidamente. Mucha ingestión para muy poca digestión. El ponente olvida que la audiencia no sabe tanto como él y que ésta necesita tiempo para asimilar su información. Dales tiempo para que digieran tus palabras.

La regla de los 10 minutos

¿Cómo incorporar estas ideas en una presentación? John Medina recomienda la regla de los 10 minutos: dividir cada presentación en bloques discretos de 10 minutos. Cada segmento debe cubrir un único concepto fundamental: siempre esencial, siempre general, siempre lleno de gist y siempre explicable en un minuto. En cada uno de los bloques se proporciona la idea general antes de los detalles. También es muy importante mostrar dónde encaja cada concepto en el esquema general y la relación entre los conceptos clave.

Después de los 10 primeros minutos, cuando la atención está a punto de dispersarse, el ponente debe recurrir a algo que nuevamente la capture. Medina propone introducir un cambio drástico cada 10 minutos a modo de recreo para la mente, cambios que envíen un ECS relevante, lo que él llama anzuelos. El anzuelo puede ir al final de un bloque o al principio del siguiente. Un buen anzuelo debería ser relevante para el tema tratado y debería disparar una emoción: miedo, risa, felicidad, nostalgia, incredulidad, sorpresa. La narrativa se presenta aquí una vez más como una poderosa aliada: anécdotas, casos, historias, testimonios, etc.

El cerebro no presta atención a las cosas aburridas. Repesca la atención cada diez minutos con un buen anzuelo.

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¿De qué manera estructurarías tus presentaciones para despertar emoción? ¿Cómo sería la estructura si proporcionas el sentido antes que los detalles? ¿Cómo podrías darle más tiempo a la audiencia para que digiera tus palabras? ¿Pondrías a prueba la regla de los 10 minutos?


No existen temas aburridos, sólo presentaciones aburridas

diciembre 3, 2008

¿Podemos imaginar una presentación más aburrida que la de los resultados económicos tras el cierre del ejercicio? Eso mismo pensaba yo hasta que gracias a una referencia en Apuntes de la Red he visto esta increíble presentación de Sony en el E3 del 2008:

Para justificar el hecho de que una presentación haya resultado un verdadero tostón, a menudo se escucha la excusa de que cierto tema es poco atractivo. Sin embargo, debe recordarse que no existen a priori temas aburridos, sino sólo presentadores aburridos. Hasta el tema más interesante del mundo puede ser transformado por un mal orador en una presentación insoportablemente tediosa y carente de interés. Sí que es cierto que algunos temas requieren un mayor esfuerzo de preparación para poder presentarlos de una manera entretenida que enganche y cautive a la audiencia.

Recordemos el vídeo de Virgin. En la misma vena, leo en Made to Stick la siguiente anécdota recogida por uno de los autores sobre cómo una azafata afrontó el reto de interesar a la audiencia para captar su atención durante las instrucciones de seguridad previas al despegue:

“Si prestaran atención durante unos instantes, estaríamos encantados de señalarles estas medidas de seguridad. Para los que no hayan montado en un automóvil desde 1965, la forma correcta de abrocharse el cinturón de seguridad es deslizar la lengüeta en la hebilla. Para desabrochar, levante la hebilla y se abrirá.

Y como dice la canción, puede que haya más de cincuenta maneras de abandonar a tu amante, pero sólo hay seis caminos para abandonar este avión: dos puertas delanteras, dos salidas de emergencia sobre las alas, y dos puertas traseras. La ubicación de cada una está marcada claramente con señales sobre las cabezas y con las luces discotequeras rojas y blancas a lo largo del suelo del pasillo.”

Cuando la azafata terminó su alocución, varias personas del pasaje aplaudieron espontáneamente.

No existen temas aburridos, sólo presentadores aburridos

Nuestro cerebro está diseñado para percibir con agudeza los cambios. ¡Rompe los patrones habituales de la gente! ¡No hagas lo que todo el mundo espera que hagas! La próxima vez que debas presentar sobre un tema potencialmente aburrido, busca la sorpresa, como han hecho Sony con los resultados del ejercicio o Virgin con las instrucciones de seguridad. ¡Atrévete a ser diferente!

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Pánico en el estrado (II): cartografía de miedos al discurso

noviembre 14, 2008

En la entrada anterior abordamos el desafío planteado por el miedo a hablar en público. Vimos el catálogo de respuestas corporales suscitadas por el miedo, pero quedó sin responder el interrogante más acuciante: ¿a qué le tememos cuando hablamos en público?

Cartografía racionalizada de miedos al discurso

Consideremos la siguiente cartografía para orientarnos por la irracional geografía de los miedos al discurso. A cada oscura región de este subterráneo país le opondremos unas razones que disipen sus tinieblas.

1. Hacer el ridículo

Se trata del miedo más imponente, el atávico sentido del ridículo tan español, tan nuestro. Tememos hacerlo tan mal que toda la audiencia se reirá de nosotros. Racionalización: Nadie se va a reír por muy mal que lo hagamos. El público simpatiza con el orador y observa con benevolencia sus errores. Si lo hace mal, el público se compadece, sufre, pero no se ríe. El público está de nuestra parte. Quiere que lo hagamos bien.

Hacer el ridiculo

2. Quedarnos en blanco

Cuando el miedo se convierte en pánico, los nervios pueden bloquear nuestra mente. No sabemos qué decir, no podemos pensar, no encontramos palabras. Estamos paralizados. Racionalización: Claro que podemos quedarnos en blanco. Aceptémoslo y preparémonos para la eventualidad. Contamos con numerosas ayudas: podemos llevar el texto del discurso por escrito y leerlo si perdemos el hilo; podemos utilizar notas que nos indiquen qué idea viene a continuación; podemos usar transparencias para saber en todo momento dónde estamos y qué decir. Prepárate para los apagones mentales, y verás que paradójicamente suceden con menor frecuencia.

Quedarnos en blanco

3. No estar a la altura

Hay gente que habla tan bien… ¿Cómo vamos a igualar a Fulano o Mengano? ¿Y si nos toca hablar después de Zutano, magnífico orador? ¿Y si mis jefes consideran que he estado mal y me despiden? ¿Y si se pierde el proyecto por mi culpa? Racionalización: Salvo que seamos oradores o comunicadores profesionales, nuestra misión no consiste en deslumbrar con nuestra oratoria, sino en comunicar con claridad nuestro mensaje. Nadie nos juzgará por una habilidad que no se supone deberíamos tener. Después de todo, como decía Mark Twain: “No te preocupes, tampoco esperan demasiado”.

No estar a la altura

4. No saber responder

Tememos que nos hagan preguntas tan difíciles que nos pongan en evidencia delante de todos. Tememos no saberlo todo, pensamos que deberíamos saber más que nadie en la sala. Racionalización: Ni lo sabemos todo sobre todo ni nadie en la audiencia espera que así sea. Podemos admitir abiertamente: “No lo sé”. Nuestro papel como conferenciantes no consiste en saber más que nadie, sino en comunicar bien lo que sabemos. El público valora más la buena comunicación que el conocimiento enciclopédico.

No saber responder

5. Cometer errores

Aunque errar es humano, no nos permitimos ni un desliz, ni una palabra mal pronunciada, ni una muletilla. Somos tan críticos con nosotros mismos que la perfección nos parece poca cosa. Nos obsesiona la posibilidad de cometer un error, por nimio que sea. Racionalización: No existe la presentación perfecta. Nuestro objetivo fundamental debe ser comunicar una idea. ¿Qué importancia tienen pequeños errores y fallos si hemos conseguido conectar con la audiencia? El público los perdona con benevolencia.

Cometer errores

6. Aburrir al personal

No creemos que vayamos a interesar a la audiencia: “seguro que se aburren”, “seguro que se duermen”, “seguro que se levantan y se van”. Racionalización: Conectar con la audiencia y mantener su interés es fundamental. Sin embargo, que quede claro que resulta absolutamente imposible alcanzar este objetivo con todos los asistentes durante toda la intervención. No podemos controlar las reacciones de la audiencia. Éste se aburre porque se equivocó de sesión y le da vergüenza levantarse. Ése se duerme porque el bebé no le permitió pegar ojo la noche anterior. Aquél sale corriendo de la sala porque tiene que atender una urgencia. Tendemos a pensar lo peor. Fijémonos en la reacción general de la audiencia, no en casos individuales.

Aburrir al personal

7. Sentir nervios

Estamos seguros de que nos pondremos nerviosos. De hecho, aún no nos ha tocado el turno de hablar y ya nos late el corazón aceleradamente y nos sudan las manos. Racionalización: Como ya se dijo en la entrada anterior, sentir algo de miedo es normal. Todos los oradores experimentan nervios cuando suben al estrado. Forma parte natural del arte de presentar. No es el fin del mundo. Si aprendemos a controlarlos, no sólo no nos impedirán hablar sino que nos aportarán los reflejos necesarios para maniobrar con prontitud ante las reacciones cambiantes de la audiencia.

Sentir nervios

El miedo es irracional y no se combate con razones. En próximas entradas estudiaremos estrategias para afrontar el miedo antes de una presentación.

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DIÁLOGO ABIERTO

¿Existe algún otro miedo, no incluido en esta breve cartografía, que hayas experimentado alguna vez al hablar en público? ¿Conoces soluciones infalibles para estos miedos? Comparte tus experiencias con el resto de lectores mediante un comentario.


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